martes, 9 de junio de 2009

TRIBUTO A JORGE LUIS BORGES

El sur
[Cuento. Texto completo]

Jorge Luis Borges

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

viernes, 5 de junio de 2009

TRIBUTO A EDGAR ALLAN POE

Hop-Frog[Cuento. Texto completo]
Edgar Allan Poe
Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.
Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los «espíritus» del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.
En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias «potencias» continentales conservaban aún sus «locos» profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.
Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio... y la suya propia.

Su «loco», o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.
Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.
Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.
No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.
No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.
En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.

Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión... salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a estar alegre».
-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes... (Hop-Frog suspiró)... y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes... personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.
Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.
-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!
¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.
-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.
-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos... ¡Ja, ja, ja!
Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.
También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.
-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?
-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.
-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que...!
El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.
Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo... de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.
La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.
Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.
-¿Qué... qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.
Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:
-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.
-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.
-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.
Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.
-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria... una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y...
-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?
-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.
-Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.
-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.
-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.
-Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad... y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.
-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!
-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.

-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.
La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.

Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.

El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.
El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.
Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.
El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.
Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.
Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.
A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.
-¡Dejádmelos a mi! -gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!
Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:
-¡Pronto podré deciros quiénes son!
Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.
Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.
-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!
Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.
Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:
-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón... y ésta es mi última bufonada.
A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya. Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.
FIN

lunes, 1 de junio de 2009

Homenaje a Edgar Allan Poe y a Manuel Rojas

Remembranzas y agradecimientos para Manuel Rojas
Homenaje de educandos a un escritor tachirense
Más que protocolar, o "académico", el merecido homenaje ofrecido al escritor tachirense Manuel Rojas en el III Encuentro de Liceístas de Literatura del Liceo Bolivariano "Gonzalo Méndez", lo organizaron auténticos fruidores y conocedores de sus textos
literarios. Dando un ejemplo a otras instituciones públicas y privadas que tímidamente lo han intentado, el Encuentro de Liceístas de Literatura del Liceo Bolivariano "Gonzalo Méndez" ha verdaderamente celebrado al Táchira como tierra fértil para el arte en la palabra, insistiendo en el debido reconocimiento social a las figuras cimeras y dando la bienvenida a sus herederos, quienes precisamente se inician en esas lides en las aulas de estudio bajo la orientación de maestros que sinceramente aman y respetan la escritura y la lectura.Manuel Rojas, escritor tachirense nacido en San Cristóbal el 25 de noviembre de 1955, se destaca con igual calidad como poeta, narrador, ensayista. Presente en la Serie Zaranda en los volúmenes VII a XV, le pertenecen títulos como “Hojas de Ceniza” (1990), “Por el tiempo que me queda” (1990), “Consternación en la casa de Omaira” (1991), “Opera de los tres narcisos” (1995), “Con el paso del tiempo” (2002), “Ceremonia del Ocaso” (2004) y “La mano del Moribundo y otros cuentos” (2006). Fue Coordinador de Ediciones de la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses y se desempeñó como Coordinador de Literatura (E), en la Dirección de Cultura del estado Táchira, (2004 - 2005).
La vibrante imaginación puesta en sus creaciones y la labranza cuidadosa del verbo poético hacen de su bibliografía material obligatorio en las instituciones educativas tachirenses.El Encuentro de Liceístas de Literatura nace en el año 2007 por los esfuerzos de los profesores Mónica Medina, Gleisy Pabón, Kenya Valero, Linzae Medina, Naira Sánchez, Diego Pérez, Paula Luna, Iván Alirio Ramírez y José Antonio Pulido. El primer Encuentro surge como un homenaje al escritor Gabriel García Márquez y a su novela “Cien años de Soledad”. En el 2008, ya institucionalizado, cuenta con la presencia de nueve liceos del estado Táchira y se rinde homenaje a la también maestra “Lolita Robles de Mora” y se proyectó la minipelícula “Martes de Carnaval”, basado en una leyenda transcrita por Lolita Robles de Mora. En el evento de este año, los estudiantes de cuarto año de educación básica e integral leyeron sus textos de misterio en el marco de los 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe.
Manuel Rojas junto a estudiantes que participaron en el Encuentro Liceísta de Literatura del Liceo Bolivariano "Gonzalo Méndez".

III Encuentro de Liceístas de Literatura en el "Gonzalo Méndez"
(Glenda Ramírez) El liceo bolivariano Gonzalo Méndez estará llevando a cabo este 4 de junio el III Encuentro de Liceístas de Literatura, en el marco del Bicentenario del natalicio del escritor Edgar Allan Poe, actividad donde se le rendirá un merecido homenaje al escritor tachirense Manuel Rojas.
El profesor José Pulido indicó que en la actividad participarán los estudiantes de Bachillerato tanto del liceo como de otros institutos bolivarianos invitados, entre ellos alumnos del Francisco Alvarado, del Idelfonso Vásquez Bravo, del Simón Bolívar y del colegio Mercedes de Jesús.A las 8 de la mañana iniciará el encuentro donde los jóvenes leerán cuentos inéditos, creados por ellos mismos y otros que son de autores reconocidos de la región, como las obras de Manuel Rojas, quien explicará a los estudiantes la narrativa del cuento de misterio y cómo construyo su obra literaria "La mano del moribundo y otros cuentos".
La directiva del plantel espera contar con la presencia de invitados especiales y de la comunidad educativa en general, además de padres o representantes, y habitantes de las zonas adyacentes al Liceo







































































































































martes, 5 de mayo de 2009

CASA DE LA DIVERSIDAD CULTURAL

La Casa de la Diversidad Cultural del estado Táchira invita a todas las personas y colectivos de la entidad a participar en las actividades culturales que esta institución ofrecerá hasta finales de febrero.Talleres, conferencias, video foros, intercambios, entre otras actividades -todas gratuitas- forman parte de la programación de esta institución, sede tachirense del Centro de la Diversidad Cultural, ente adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Cultura.Este viernes a las 2:00 de la tarde con la conferencia "La Diversidad Cultural como política de Estado", que tendrá lugar en la Casa de la Diversidad Cultural, en Capacho. Como conferencista estará Manuel Rojas.

Casa de la Diversidad-Táchira



Casa de la Diversidad Cultural ofrece diversas actividades

escrito por Especial DLA
domingo, 22 de febrero de 2009
La Casa de la Diversidad Cultural del estado Táchira invita a todas las personas y colectivos de la entidad a participar en las actividades culturales que esta institución ofrecerá hasta finales de febrero.Talleres, conferencias, video foros, intercambios, entre otras actividades -todas gratuitas- forman parte de la programación de esta institución, sede tachirense del Centro de la Diversidad Cultural, ente adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Cultura.En ese sentido, los días miércoles 25 de febrero, jueves 26 y viernes 27 se llevará a cabo el taller "Fibras Blandas", dictado por Aidée Narváez. Este taller tendrá lugar de 9 de la mañana a 12 del mediodía en la Casa de los Abuelos "Años Dorados", en El Llanito; y de 2 a 5 de la tarde en el Liceo Bolivariano Francisco de Miranda, en Capacho.Para todos los gustos. Por otro lado, todos los viernes, del 20 de febrero al 27 de marzo será el taller "Tejido en telar vertical", que se dictará en la Casa de la Diversidad Cultural de Táchira, en Capacho, de 10 de la mañana a 5 de la tarde, con la facilitadora Angélica Barrera.El jueves 26 se realizará un video foro sobre Diversidad Cultural, a las 9 y 30 de la mañana en el Liceo Bolivariano Francisco de Miranda, en Capacho, con la facilitadora Yoana Guerrero.La programación continúa el viernes 27 a las 2 de la tarde con la conferencia "La Diversidad Cultural como política de Estado" a cargo de Manuel Rojas, que tendrá lugar en la Casa de la Diversidad Cultural, en Capacho.Ese mismo día a las 4 de la tarde se entregarán la premiación y los certificados a los participantes en el encuentro "La Fauna del Táchira vista por los Cultores Populares", y en los talleres "Construcción de telar horizontal" y "Gastronomía en base a naranja".Tradición con la arcilla Finalizarán las actividades del mes el sábado 28 a las 10 de la mañana con el intercambio "Diversas maneras de trabajar el barro", a cargo de Fanny Zulay Rojas.A esta actividad asistirán artesanos de distintas poblaciones, quienes trabajan la arcilla. Los participantes, luego de ver el video "Huellas en el Barro", intercambiarán ideas sobre los métodos utilizados en este oficio desde tiempos ancestrales. Este intercambio se llevará a cabo en el sector Lomas Bajas de Capacho, un sitio emblemático para la artesanía tachirense, pues el 90% de su población trabaja la arcilla para producir piezas utilitarias y decorativas.El Centro de la Diversidad Cultural tiene sede en diez estados del país, actualmente se espera por la inauguración de ocho nuevas casas, las cuales se sumarán a la red que se espera se extienda a todos las entidades en el corto plazo. La institución ya adelanta la programación del mes de marzo.

viernes, 1 de mayo de 2009

DOS CUENTOS manuel rojas






ADAZA

Un inmenso caballo blanco persigue a Adaza. De pronto se siente amordazada por un desconocido. El la toma rodeándole el cuerpo son sus largas manos. El caballo se acerca, majestuosamente. Los brazos del hombre se aprietan aún más, con premura, como un oso o como un salvaje. Ahora el animal está frente a ella. Ve en su mirada un dejo de malicia parecido al de los humanos. Inmediatamente el gesto del caballo empieza a transformarse. Ella no se equivoca, lo advierte y cierra los ojos. Al abrirlos, con la mirada un tanto nebulosa, percibe la imagen del nuevo rostro. Con asombro se lleva las manos a la cara, está libre pero aterrada, es su padre. La escena se da en campo abierto, bajo los árboles de mayo, con un relieve de aire aceitunado y abundante vegetación. El padre la desnuda mientras el otro la sostiene con fuerza. Ella se ha quedado petrificada ante la actitud de su progenitor. Nunca imaginó, ni siquiera en sueños, que algún día el padre le hiciera tanto daño. Medita un instante. El miedo le devuelve con perfecta lucidez la fotocromía del enigma. Es un hecho creado por los símbolos de la razón, ilustraciones fotogénicas de la conciencia - reflexiona mientras se sirve un Martini. La silueta del padre emerge nuevamente. Recuerda las palabras, las últimas palabras del viejo, incluso recuerda las cosas que le dijera en los tiempos de la infancia. Recuerda con estupor las normas, la disciplina, los ruegos, también llega a su memoria la figura de mamá Dora, y con ella la obra de la fecundidad, de la existencia del feto en el vientre de la madre, decía él. La imposibilidad de aceptarla así, con el dolor al romper el himen o lo del aborto, el vía crucis al parir, los problemas de la menstruación, de la masturbación y del pecado original. El instinto de mujer la guía entre las sombras. Es anticristiano siquiera mencionarlo, no, hija mía, tu no. Entonces recordó una vieja
obra de teatro representada por Adolfo, su novio, en memoria del padre Rvdo. Williams, miembro activo de una comunidad religiosa. El siempre estaba ahí, con el bastón negro, la boina de fieltro, la colonia de pino y los dedos untados de ácido bórico. A veces él hablaba desde la foto y ella le observaba con resignación. En ocasiones le veía parado frente al cuadro tintarosa del pasillo, inmerso en la textura, él está en todas partes como Dios, él es omnisciente, omnipresente y ahora él está en la cama en lugar de Adolfo. Bebe el vino de la consagración en la fría soledad del templo. Adolfo salta el muro bajo la luminosidad de la luna. Adaza habría adivinado la escena: su padre visto de mil formas en el sueño, pero nunca a través en un caballo. merece analizarse dice al terminar el Martini. El texto es solo una simulación en la comedia y la comedia se repite en la transfiguración del espíritu y el espíritu se entrega y él lo recibe con los brazos abiertos y se acuestan en la misma cama, padre e hija, como en los viejos tiempos. -La desolación del alma, sin la redención, es la marcha hacia lo antiguo, es volverse hacia el tiempo y caer en las garras de Moloh el diablo de la guerra; los sabios cruzan las enormes puertas de los monasterios para descansar en la voluntad divina y tú hija mía estas dedicada a Dios... recuerda frases del Rvdo. Williams. Adaza abandona el recinto y se sienta afuera, a contemplar la calle y sus alrededores, una aristocracia fingida, el portón de caoba maciza, los jardines con sus flacas enredaderas, el muro de piedra y su fuerte malla a la que tantas veces se acercara para ver la otra vida, la vida pública de la gente común, como dijera el padre. Al fin puede correr entre las multitudes. Es la mañana y la tarde a la vez. Ha perdido la noción del tiempo. Se acuerda de algunas cosas que le faltan, cosas que nunca podría comprar si existiera el padre. Entra en el primer almacén; quiere ataviarse para Adolfo. Las enumera: ocho en total: un polvo compacto plus o mejor pétalo, un lápiz labial, un encrespador de pestañas, un delineador negro y una pintura color fuscia para las uñas, un rimer para los ojos, una cajita de sombras de cuatro tonos y un juego de medias Panty más un par de pantaletas tipo hilodental. Nunca en su vida se había puesto un bikini, menos esto, apostaría lo que fuera que todas las mujeres lo usan, musitó plácidamente. No podía estar pensando en nada ahora que estaba en juego su libertad, pero, ¿qué era la libertad? Acaso ¿correr por las avenidas, coger el autobús, buscar en la guía el número de teléfono de él, trastabillar en las escaleras mecánicas para encontrarse con Adolfo? Y si ¿no la conocía? Y si por el contrario la recibiera ¿qué le diría? aquí estoy, soy tu próximo cordero, te ofrendo mi carne, como el mejor sacrificio de mi vida, fantasma, hazlo como quieras. En la memoria de mi padre... este es el cáliz. Reflexiona. Se siente sola e impotente. Pareciera flotar en la habitación. Una sustancia húmeda, viscosa, desciende de entre las piernas. Se mira en el espejo e improvisa gestos de coquetería. Adolfo la observa con detenimiento, callado, fumándose un cigarro. Ella continúa jugando frente al cristal. Ríe, como suelen hacer las mujeres débiles piensa mientras se desnuda. Un brioso alazán blanco galopa en los intersticios de la piel, sube desde el vientre, baja, se adueña del sexo. Adolfo la desea. Adaza gira en el centro de un sueño pálido, respira hondo, sintiendo la esencia de ese mundo desconocido -¡Qué locura! ¡Absurda parodia! y se contempla en el espejo presa de una sensación indescriptible, dejándose llevar por el vértigo hacia la caída final, certera; los pequeños pezones posan sobre la figura de su padre ahora muerto...


VENTA NOCTURNA

De ciertas caídas uno se levanta sin rostro se levanta sin máscara sin equilibrio.
Eduardo Zambrano Colmenares

Al levantarme de la cama inmediatamente abrí la ventana. Encontré la mañana espléndida. Desde este silencio matutino el hilo de mi voz se descuelga a través del teléfono para darle "el buen día" a Marien. Algunas cosas nos dijimos mientras el tiempo se tornó en fuego etéreo. Un poco después salí deprisa a recorrer el día bajo las candilejas del nuevo sol. - ¿Usted ya utilizó el dispositivo de seguridad contra accidentes? Mire, la tecnología diseña productos... en fin... (que sólo están al alcance de los más portentosos) Me miran sorprendidos y no responden. Puerelidad absurda: vender. Camino a lo largo de las veredas, por avenidas solitarias, infinitas, a través de callejones en cuyas casas, en sus puertas, la gente canta las canciones de moda, los niños juegan en círculos cantando en forma desentonada, riendo a carcajadas. El reloj ha marcado la hora crucial. Me encuentro preparado para escuchar la trompeta del juicio anunciado. ¡Despertad, oh tierra! Escucho la voz de Juan. Entonces despierto en la ciudad inimaginada. Todo brilla alrededor. Estoy junto a Merli. Esperamos a Marien. Estamos en el edificio Lido. Merli toma el ascensor y yo continuó en el pasillo, dando vueltas como un trompo. Merli ha quedado en encontrarse con D. U. C. Desde EL balcón puede verse la ciudad. Todo es reluciente, incluso los techos allá al fondo de la neblina. No hay una sola basura en alguna parte. Resplandece la cosmogonía universal. La gente parece limpia, recién duchada, el atavío es pulcro. No hay mendigos ni sordomudos, ni ulcerosos, ni cadáveres andantes. Resplandece el mundo inmerso en una visión estereotipada y geodésica llena de luz; la magnificencia del "Logos" se ha hecho realidad, es la grandeza de la ciencia; ha emergido la palabra desde su fosa para transformar al hombre. Ha resucitado Nietzsche, Van Gohg, Jesucristo, Buda y otros. Un gélido ventarrón me roza trayéndome un viejo sueño (¿sucedió? En verdad no lo sé) Estupendo, el reloj de la catedral señala una hora más en el almanaque acuariano. Por un momento creo encontrarme en la metrópoli del futuro pero no, Marien ha regresado y ahora puedo sentir sus labios en los míos. Acaricio su cintura y un poco arriba. Luce hermosa. Entonces la imagino en su habitación. Al llamarla por teléfono podía hacerme una idea de la escena. Como no conocía su apartamento, dijo, el del padre y tampoco conocía su familia o algo más de ella, tenía que usar la imaginación. Por ciertas referencias suyas venía a mi mente una imagen del recinto, al que, al tratar de describir lo relacionaba con un cuarto de niño: suponía una cama grande, desordenada, con una pila de chécheres y libros sobre ella, los cassettes regados en el piso o por la alfombra, porque siempre me hablaba de una alfombra albaricoque, y allí al centro el viejo Sony que servía como pared de trepar para la pequeña rata blanca. Al espaldar: la ventana siempre abierta. Cuando la llamaba creía verla salir del baño, secarse las manos y después lanzarse sobre la cama, en el momento cuando sonaba el teléfono y contestaba. Seguro estará de pie, descalza, desnuda o envuelta en una toalla. Muchas veces imaginaba la escena, la misma, sin embargo esta representación se transformaba en un sueño: yo, de pie, llamándola desde cualquier cabina pública, ella, ahí, también de pie, dispersándose en las palabras, en la magia del hilo telefónico con el susurro de su voz, de una voz jovial pero lejana, muy lejana, mas bien entonada y acariciante. - ¿Has venido algo? Pregunta - No. - ¿Está floja la venta? En cambio yo tengo que hacer algo esta noche que nos traerá un buen resultado, dice. - Okey, sí, y la escucho impávido. - ¿Usted no puede darle una apuradita? Grita alguien como si estuviera en el patio de su casa. - La cola está larga y la gente está afanada, nos vemos más tarde, okey. - Okey. Merli se había esfumado y Marien se disponía a llevar el encargo. Habíamos planificado una buena noche en la discoteca pero a causa de la falta de dinero tendríamos que posponerla para otro día, en cambio, haríamos lo de siempre: caminar por la Quinta o la Séptima o reunirnos en la Boheme y escuchar a Juan hasta la media noche, no obstante ella tenía la solución, dijo con aire irónico abriendo los ojos más de lo normal. Tomamos el ascensor y bajamos a toda prisa, silenciosos, relegados en un estado de ansiedad susceptible. Escogimos una mesa al final donde supuestamente haríamos la velada, probablemente con Juan. Ella habló con un tipo raro, de bigote extravagante, podría decirse que su cara era un solo bigote, apenas se le veían los ojos y por supuesto la frente, lucía bien vestido, elegante, como si iba hacía una fiesta. En lo sucesivo no supe cómo Marien recibió el paquete, lo importante era que contábamos con el dinero o la oportunidad de obtenerlo. Teníamos que trasladarnos a la Monumental, me dijo con aire satisfecho. El viaje se hizo largo. La gente se acercaba demasiado rozándonos con sus axilas sudorosas. El autobús parecía detenido y el ruido de bocinas y motores me exasperaban. Esa noche se celebraba un encuentro entre el "Americano de Cali" y el "nacional de Medellín". El entusiasmo que reinaba en la plaza era admirable. Ella me dijo que la esperara en el estacionamiento de la avenida principal. Desde allí la vi partir, perderse en la muchedumbre, esfumarse, pasado un tiempo más o menos prudente, empecé a preocuparme. Creía reconocerla en alguna mujer de la multitud, mas, al hacerle señas tenía que disculparme. Decidí llegarme hasta el sitio señalado: la alcantarilla. Recordé la alcantarilla diagonal a la tercera puerta de la plaza donde estrangularon una dama después de violarla. Marien hablaba con un tipo blanco, sin bigote y de aspecto afeminado. Vi cuando recibió el dinero. Vi cuando la besó en los labios. Vi cómo la acarició en la cintura y poco arriba. Los vi reír, abrazarse, apretujarse ardientemente y despedirse. Regresé al sitio que esperaba y allá nos encontraremos como si nada. Marien reía, se burlaba de un vendedor de algodones dulces, de un colombiano que comentaba un buen pase en el partido. Los vendedores se apiñaban como buitres sobre la presa. Golosinas por todos lados, perros calientes... chuzos de gatos o de la rata blanca, dije echándome una solemne carcajada. - Venden de todo, hasta el alma, hasta la vida, - Por dinero se venden hasta la madre, agregó ella. - Vendemos, dije. La noche estaba empañada de neblina. Aturdidos en un abismo de gritos, caminábamos abriéndonos paso. Recordé las palabras de Juan: "logos" "nirvana" "método supremo" "magnetismo"; la unidad del pensamiento por medio del dolor y del arrepentimiento, nos decía ya en el restaurante. Escuchábamos a Juan inmersos en una conversación interminable, rodeados de espectros camaradas: comunistas, poetas, místicos pintores, teatreros, fotógrafos, filósofos, que de vez en cuando se metían un pito de marihuana, incluso entre ellos estaba un maniático que frecuentaba los parques para observar parejas de enamorados y masturbándose. Después nos fuimos para la discoteca y allí Marien bailaba haciendo piruetas con libertad en la frescura de sus diecisiete años, poniendo en movimiento su cuerpo con fluidez. Juan nos explicaba: - veo claro e irrebatible los efectos del hombre, es decir, las cosas que hace para encontrar su verdadero signo. Paraba un segundo, luego se apuraba un trago y continuaba: - Uno al bailar o tomar desborda un caudal de... es la forma de verter algún karma. Es el espíritu quien puede obrar todo los actos de la vida, universales y parciales, esto ya se dijo hace 57 siglos en el sánscrito, y Shet escribió: en él estaba la vida y la vida es la luz de los hombres, verdad aún no comprendidas por los... - Como la ciudad que viste en el sueño, Ma, dice Marien. - La luz de la vida es diáfana, agrega Juan mirando al fondo de la discoteca. no como esa fosa oscura donde ustedes se entregan al placer (suprimió el "vosotros" cosa rara), a fumar marihuana y a quien sabe que tantas porquerías de esas. - Me apuro un trago. - Marien vuelve a la pista y ahora baila con un jovencito. En eso aparece Merli. Rodeamos a Juan y empezamos a aplaudirlo. El sigue sermoneándonos. El ruido de la música y las palmas no nos dejan entenderle aunque es lo menos que queremos. Juan llora, llora como un niño. Gime. Siento compasión por él y para disimularlo le pregunto a Merli por D. U. C. Me dice que está con el maracucho. - ¡Pobre cabrón, enamorado solo! Exclamo para variar. Juan se estará preguntando de que hablamos, continuó. Juan se había doblado en la silla, totalmente ebrio. Entonces Merli me pregunta por Marcos. Me cuenta sus penas, una por una, y con una lágrima por cada una. Marien regresa de la pista y me guiña el ojo. ¡No dañen la noche por favor, Marcos está muerto, le vendió el alma al diablo! ¿No lo pueden entender? ¡Marcos se lanzó por el Viaducto! O ¿se les olvidó? Y me toma de las manos llevándome hacia la pista. Bailamos con erotismo, acercándonos, abrazándonos, besándonos, excitándonos. Los colores chillones de las luces o de la decoración, los perfumes, la música, el arrebato de las personas, todo eso que presume de ser bello me causa una sensación extraña. -Hace tiempo le digo en el oído- procuraba algo así, es decir, alguien con quien compartir la vida, la algarabía y el momento. Alguien con quien inventar un mundo a mi manera, lejos de la rutina. Odio a Juan, quiero confesártelo. Odio todo. Solo tú vales en medio de la confusión. No me dejes ahora. No importa el tipo de bigote por cara, el tipo de la colita, no importa Juan Carlos y los otros y los que vengan, no importa. Ella ríe, luego me roza con ternura el pecho. Estaba mareado, derrumbado en un espacio negro, aturdido. - La ciudad no resplandece, no tiene luz y estoy rodeado de mendigos, de espectros, de cadáveres andantes, de putas, afeminados y lesbianas, estoy solo en una agonía terrenal para entender a Juan, no, estoy escondido en la noche y mi piel reposa como la de un búfalo, como la de un cetáceo en un charco, en un silencio de charcos... - Estás exagerando... además creas una escena fantástica, con algo de poesía, no te lo puedo negar, Prorrumpe ella en un tanto extasiada. - Tengo algo de poeta, le digo. - Lo sé. - Decía que estoy solo en una obertura de curvas y cuerdas transparentes, en la que interviene una voz vibrante, sumergida en una niebla, atado a la profundidad, a la sombra, al eco, al reloj acuariano, al sonido de la trompeta: ¡Despertad, oh tierra! - Estás ebrio. Susurra. - Pero enamorado, escucha esto: estamos solos en el universo y entre nosotros dos la poesía se toca como piel celeste, y contigo me gusta recoger un racimo, este pámpano, aquella raíz de las tinieblas... - ¡Eso no es tuyo, no creo! Exclama con un destello admirable en su mirada. .- No, es de Neruda y es tuyo. - Gracias, por ser tan sincero. Merli se había marchado y hasta donde recuerdo, yo bailaba con Marien. Después hubo un murmullo de voces como de abejas. Alguien discutía a grito entero. Ella al percatarse me soltó. Vi que se acercaba el tipo del bigote por cara, con unas personas extrañas que lo seguían. Marien trató de huir pero otros, probablemente del grupo, la cercaron. Forcearon de un lado a otro. Intervine y fui lanzando al extremo de la pista, cerca de las cornetas. Después oí cómo la gritaban a pesar del ruido de la discoteca. Luego no supe más de mí. Un estampido ensordecedor sonó en mis oídos casi en el momento cuando una bruma de pequeñísimas figuras ondearon entre la penumbra, hundiéndose en un vacío infinito. En medio de la oscuridad abrí la ventana. La mañana estaba radiante. Me dolía la cabeza y aún estaba mareado. Sobre el piso yacía Juan como una cosa fea, deforme, semejaba un fardo de trapos y piel. Como la rata blanca de Marien

CIEN IDEAS PARA SAN CRISTÓBAL

El concurso “100 Ideas Para San Cristóbal” está abierto hasta el 30 del mes de octubre del 2008 a todo ciudadano, venezolano o extranjero, que quiera expresar una idea para el desarrollo, cohesión social, fortalecimiento económico, y mejora del entorno de la ciudad de San Cristóbal, aportando propuestas y/o soluciones a problemas concretos de la ciudad.Las ideas propuestas deben estar enmarcadas en las áreas temáticas establecidas.Cada concursante participará a través de una idea que debe proponer en un texto de 10 a 25 líneas —1 cuartilla—. La(s) ideas presentadas podrán incluir gráficos, planos, flujos, diagramas o una representación visual en cualquier otro formato acorde a la tecnología, que se podrá adjuntar al formulario —no mayor a 900kb—.“Los participantes podrán acceder al correo electrónico: cienideas.sancristobal@lanación.com.ve , donde los participantes podrán enviar sus ideas. El participante debe incluir sus datos personales: nombre, apellido, número de cédula de identidad y correo electrónico adjunto a su propuesta”.La selección de las 100 mejores ideas será realizada durante el mes de noviembre 2008 por un jurado calificador nombrado por la Comisión Coordinadora y conformado por representantes de los más diversos sectores de la vida ciudadana, el anuncio de las 10 mejores ideas se hará público el 5 de diciembre del 2008, evento en el cual se realizará la entrega de Certificados de Participación y Placas de Reconocimiento.Las 100 mejores ideas, serán publicadas como una Edición Especial dentro de las publicaciones dedicadas a celebrar el Aniversario del Diario La Nación en el mes de Diciembre del 2008. Las 10 primeras ideas, serán reconocidas en un evento/foro, pautado para la primera semana de diciembre del año.Las ideas escogidas por el jurado calificador serán editadas por la Fundación para la Cultura Urbana y Diario La Nación en formato de libro impreso en papel y en CD con el título de “100 ideas para San Cristóbal 2008”.Las ideas se recibirán por correo electrónico en la dirección electrónica mencionada. También se recibirán en papel, máximo una cuartilla de veinticinco –-25- líneas, en los buzones ubicados en los sitios indicados en Diario La Nación, Salón de Lectura, Biblioteca Pública, Universidad Nacional Experimental del Táchira UNET, Universidad Católica DEL Táchira UCAT, Universidad de Los Andes ULA, Universidad Bolivariana de Venezuela UBV, Universidad Nacional Experimental de las Fuerzas Armadas UNEFA, Instituto Universitario Técnico IUT, Instituto Universitario de la Frontera IUFRONT.Cada idea debe presentarse con el título del área temática a la cual corresponde, áreas que aparecen publicadas anexas a estas Bases del Concurso.Todo participante o representante del mismo se somete a todas y cada una de las formalidades y condiciones establecidas en las Bases de este Concurso así como las que establezca el Comité Organizador del mismo.NOTA. El Comité Redactor de estas bases del Concurso estuvo integrado por Julieta Cantos, Librería Sin Límites, Manuel Rojas. Dirección de Cultura. Maximiliano Vásquez. Diario La Nación. Un representante de la Unet. Jackson Ochoa en representación de la Policlínica Táchira. Un representante del Consejo Municipal y Leonor Peña como Coordinadora y enlace con Tulio Hernández en representación de la Fundación para la Cultura Urbana._______________________